Fue una de esas imágenes que perduran en el tiempo. El aficionado del Madrid en el que la realización sintetizó aquel día el clamor del estadio Bernabéu: cincuentón, gesto serio, bigote canoso, chaqueta beige, bufanda merengue al cuello, su hijo a la derecha, y un aplauso a un jugador del Barça. Algo insólito.
En realidad, aquel hincha blanco rindió un tributo al fútbol. Fue la coronación de Ronaldinho. Aquel 19 de noviembre de 2005, el Bernabéu entronizó a un futbolista superior. Ronaldinho marcó dos golazos (en el primero dejó sentados a Ramos y Helguera; en el segundo, hizo magia con el tobillo ante Casillas).
El Bernabéu dio toda una lección de deportividad ante su máximo enemigo. En cuestión de prestigio personal y reconocimiento universal, Ronaldinho no llegó más alto que ese día. Pues al año siguiente, conquistó la Liga de Campeones en París frente al Arsenal, pero la gangrena ya había hecho mella en el vestuario azulgrana.
Eto´o y el brasileño no se podían ni ver, y desde todos los foros se advertía del deterioro físico, el abandono profesional y la amistad de Ronaldinho con la noche y la fiesta. Se fue al Milán lleno de descrédito por estos motivos y en Italia no ha reencontrado su estela de crack mundial.

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